Crítica "Malcolm & Marie"

 Malcolm & Marie es la contemplación y la vivencia de la cultura contemporánea. En ella se muestra como la película de Malcolm es la decadencia de un trauma que no puede recordar. Sam Levinson apuesta por rodar en blanco y negro esta nueva película para Netflix; y para ello, cuenta con un pequeño pero acertado elenco: Zendaya – con quien ya ha trabajado en Euphoria -, y David Washington. Ellos dos se cargan la película a las espaldas, no hay nadie más en pantalla, y las referencias a personas externas tampoco nos dicen mucho. 



La película es una constante reflexión sobre el cine, los críticos y la autenticidad. De hecho, toda la trama – un constante flujo de diálogos, reflexiones y reproches – toma lugar justo después de que nuestro protagonista haya vivido “el mejor día de su vida”. Malcolm acababa de estrenar su película – la primera que hace realmente como autor y se siente suya – y lo que prometía ser una noche de celebración se trunca en varias escenas de discusión y comentarios desacertados. Muchos de esos diálogos nos recuerdan a Euphoria: diálogos concisos y sin florituras, punzantes, a menudo con alguna frase que se pasa tres pueblos, y como no, con un sabor amargo. El problema está en que aquí no le funciona igual de bien, ya que la fórmula que le ha dado tanto éxito en Euphoria, no puede trasplantarse a una película en la que no sales de una casa; a pesar de las buenas ideas y las buenas interpretaciones, la película deja un poco que desear. Se hace repetitiva en ocasiones y los diálogos no gozan de la frescura, ironía y acierto que Levinson ha demostrado en otras ocasiones. La extensión y la posibilidad de dilatar la tensión narrativa que tienes en una serie de ocho capítulos de una hora, se vuelve inaccesible en una película en la que los descansos entre numeritos duran poco más de tres minutos. Con esto no digo que los diálogos no estén bien, de hecho me parecen buenos, simplemente la película se aborrece de sí misma y cae en una falta de sorpresa. Se llega a la rutinaria “¿y ahora que detalle va a desencadenar una nueva discusión?”

No obstante, la película es un depurado ejercicio de estilo. Con un académico blanco y negro, lleno de contrastes, Levinson parece simplificar la película a una lucha de opuestos, y le sale tan bien que casi parece una metáfora de la postura maniquea de los protagonistas. Los movimientos de cámara están muy cuidados, la escena es bastante minimalista y el uso de las ventanas, puertas y “encuadre dentro de los encuadres”, logra escenificar de forma muy teatral la relación entre artista y musa que dará lugar a prácticamente toda la trama de la película. La cámara siempre se mueve en un juego de opuestos: desde la pura teatralidad de lo estático ofreciendo un “espacio en blanco” dónde los personajes se desarrollan; hasta el seguimiento del movimiento de los personajes creando el efecto totalmente contrario al anterior.  Cabe mencionar que la película ocurre en tiempo real, y al igual que en Euphoria, esta también está inspirada en la vida del director.

Como ya he dicho, la película trata sobre el cine, el papel de la crítica y la autenticidad del arte y del artista; y en eso chocan Malcolm & Marie. Sobre una voz prácticamente histórica sobre la génesis de la película se van abriendo paso varios traumas del pasado y vamos conociendo más sobre unos personajes que no reparan en sacar el séptimo de caballería. La pregunta, quizá, que trata de plantear más que de responder la película es: ¿mata la comodidad el buen arte? ¿se puede narrar de forma auténtica y viva algo que has robado, que no es propiamente tuyo? Y ahí se desata uno de los dos puntos sobre los que pivotan las múltiples broncas: Marie acusa a Malcolm de haberle robado su vida, su narración, de que solo es capaz de insuflar vida al personaje de su película porque está basado en ella. Marie se siente desprovista de pasado, ya que todo lo que ella tenía por contar, lo ha contado Malcolm. Él no ha vivido todo eso – al menos no en primera persona, simplemente como pareja de Marie -, y en eso se explora la culpabilidad del director – en este caso el real, Sam Levinson – y es un examen sobre su responsabilidad al contar una historia y como contarla. Marie le habla a Malcolm, pero también a Levinson. Es creo, parte de la química que tienen Levinson y Zendaya – ambos han trabajado en los mismos roles en Euphoria – la que hace posible que las preguntas que atormentan a Marie y la inclemencia de Malcolm frente a ciertas posiciones de la crítica, sean, en el fondo, un Levinson atormentado que usa la escenificación cinematográfica como método de análisis de su propia responsabilidad. Y voy a defender la bondad de hacer cine sobre cine.


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